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16 Abr

Lo que dicen y lo que no las estadísticas sobre el coronavirus

Por Jose Luis Calvo y Paloma Puerto, 2020.

La Estadística es un mundo apasionante. Un mismo número puede decir una cosa o la contraria dependiendo de cómo se presente, de si nos facilitan el valor absoluto o el porcentaje, si lo utilizamos para ilustrar una “tendencia”, de si queremos verlo en positivo o en negativo… Es fantástico porque aunque la estadística pueda parecer una ciencia exacta -en definitiva no es más que poner números sobre la mesa- en la realidad ni se aproxima. Y es que las estadísticas no se leen, se interpretan, y hay que saber hacerlo bien. (Les recomendamos el libro de Walter Krämer (2015) “Así se miente con estadísticas”, traducido en 2019).

Vaya por delante que cada fallecimiento duele, sea por la causa que sea, y que cada persona querría que sus allegados vivieran aunque fuera solo un día más, o eternamente aunque sepamos que eso no es posible. La humanidad y la emoción no son incompatibles con la ciencia. Al contrario, nos tienen que servir de impulso vital para intentar cambiar las cosas, cuidando que nos nuble la razón, y que nos permita analizar los datos rigurosamente para poder tomar las mejores decisiones.

En los manuales de Economía de la Conducta suele haber un capítulo dedicado a cómo la información/datos son manipulados y cómo eso nos lleva a tomar decisiones irracionales. Los datos de la “pandemia del Coronavirus” son un ejemplo perfecto de ese trato diferencial dependiendo de si nos quieren animar (la tendencia, el aplanamiento) o nos quieren asustar (muertos diarios).

Vayamos en primer lugar con “la tendencia”, el “aplanamiento de la curva” y los nuevos casos detectados. Las autoridades normalmente nos presentan la tasa de incremento de contagios, que, gracias a la labor heroica de nuestros sanitarios y al confinamiento, va disminuyendo. Pero es que esa tasa iría decreciendo a medida que aumenta el número de contagiados aunque se mantuviera constante o incluso aumentase el de contagios diarios. La razón, muy sencilla: para calcular la citada tasa se divide el número de nuevos contagiados de un día por el total acumulado (expresándolo en porcentaje).

TASA= (número de contagios/total contagios acumulados) *100

Como a medida que crece el número de contagiados el denominador aumenta, aun con un número de nuevos contagios idéntico al día anterior o incluso superior la tasa disminuye. Un ejemplo muy sencillo: supongamos que ayer había 650 contagiados en una determinada población y que hoy hay 70 nuevos casos. La tasa sería:

                                          TASA= (70/650)*100= 10,7%

pero si mañana el número de nuevos contagiados fuera incluso más alto, por ejemplo 71, la nueva tasa de contagio sería

  TASA= (71/720)*100= 9,8%

(720 que son los 650 de hace dos días más los 70 de ayer) que resulta ser más pequeña. Así que, en este caso, lo importante y los que nos da una información más objetiva es el valor absoluto y no el porcentaje.

Pero esto nos lleva a un segundo efecto. Cuando vemos los datos en valor absoluto surge otro problema que suele analizarse también en Economía de la Conducta, y es la “dificultad para abarcar grandes números”. En la vida de cada persona 17.489 fallecidos nos puede parecer una barbaridad, pero… veamos qué dicen los datos.

En 2018 fallecieron en España 427.721[1] (un 0,92% de la población). Las enfermedades respiratorias (Tipología-X: gripe, neumonía, asma, etc.) fueron la tercera causa de muerte (53.687 personas), tras los problemas circulatorios (Tipología-XI: 120.859) y los tumores (Tipología-II: 112.714). Esto quiere decir que en dos meses (desde que se recuentan datos del COVID-19) los fallecimientos “normales” (no deseables, sino los que ocurrieron el años pasado y podrían esperarse) serían de 71.287 en total. Si nos fijamos en los fallecimientos solo por problemas respiratorios, serían 8.948, pero dado que sabemos que las muertes se producen al complicarse los efectos del virus con otras enfermedades (inmunodeficiencias, tumores, problemas cardiovasculares, etc.) y no solo con las respiratorias, los fallecimientos “esperados” incluyendo Tipología II, IX y X serían de 47.877, muy lejos del total de víctimas 17.489 atribuidas al coronavirus. Esto lo que parece indicar, como ya se ha comentado en numerosas ocasiones, es que la gran mayoría de las muertes se producen CON coronavirus y no POR coronavirus[2]. Este virus de alguna forma “adelanta” el proceso y lo “concentra” al contabilizarse como de COVID-19. Pero como dice el profesor Miguel Ángel Martínez Beneito[3] “posiblemente, el exceso de mortalidad que estamos viendo estos días se acompañe de un descenso en la mortalidad en las próximas semanas o meses”. Para comprobarlo habrá que esperar más tiempo y analizar los datos globales, esto sí, a posteriori.

¿Quiere esto decir que son excesivamente alarmistas los datos sobre la incidencia del Covid-19 que diariamente nos facilitan? Ni muchísimo menos. Pero las autoridades, con toda la razón, quieren “asustarnos” para que nos quedemos en casa, para que no “bajemos la guardia” y se pueda vencer a la pandemia lo antes posible. Ahora sí, y es lo que debe quedar claro, lo que se presentan son los valores absolutos, el número de muertos diarios, sin diferenciar entre las personas que han fallecido CON coronavirus como una patología adicional, que las que lo han hecho POR coronavirus como elemento desencadenante fundamental, especialmente en el grupo de edad más avanzada.

No queremos que se nos malinterprete ni que nadie utilice nuestros argumentos para declarase en contra de las políticas que se están aplicando. Esta nota sirve simplemente para mostrar cómo puede variar la interpretación dependiendo de cómo se nos presenta la información. Y eso es pura Economía de la Conducta.


[1] Datos “Defunciones según causa de muerte. Año 2018” del INE.

[2] https://www.youtube.com/watch?v=V-ca5NHV7BQ&feature=youtu.be&fbclid=IwAR2stq21-FbukJcXr8MARwep3lnlQWh1AuKJjiMXzlArBhirFhRs1GGedHA

[3] Profesor del del Departamento de Estadística e Investigación Operativa de la Universidad de Valencia y principal autor del Atlas Nacional de Mortalidad en España.

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